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Olga y sus Maquinarias de la Alegría

Por Aitana & Sergi Vargas

Los Ángeles, 24 de julio de 2022

Olga en la gala de premios del Club de Prensa de Los Ángeles.

Por Aitana

El día que mi madre murió, yo lo había presentido.

Aquel día, una gigantesca ola sacudió mi cuerpo y me arrastró sin compasión ni misericordia hacia el abismo del océano. No sé cómo salí a flote. Pero una voz amiga me cogió de la mano y me dijo: “No te preocupes. Te llevamos al aeropuerto y nos encargamos de tu perrita, Lolita”.

Atea militante, prendí una vela en casa, comprimí mis sentimientos en una maleta repleta de dolor, me despedí de Lolita y puse rumbo a mi España natal.

En una mano, llevaba ropa. En la otra, mi corazón hecho añicos.

Aterricé en Madrid aturdida, desolada y flanqueada por el cariño y afecto de las azafatas de Iberia, que durante diez horas me habían acompañado en esa última travesía que ninguna hija quiere realizar, para la cual nadie te prepara y que desata una cascada emocional que desdibuja e impregna de dolor y recuerdos el mundo a tu alrededor.

No estaba preparada para decirle adiós a mi madre. No sabía cómo hacerlo. Y cuando el aeropuerto de Barajas comenzó a asomarse entre las alas del avión, soplé con fuerza para que éste no tocara tierra. Ni quería aterrizar, ni toparme con la realidad. Quería, simplemente, que ese momento no existiera.

Lo articuló mejor Ana Belén en su tema Peces de Ciudad:

“Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver…Cuando en vuelo regular, surqué el cielo de Madrid, me esperaban dos pies en el suelo que no se acordaban de mí. Y desafiando el oleaje sin timón ni timonel, por mis sueños va ligero de equipaje en un cascarón de nuez mi corazón de viaje…¿Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar..?”

Con mis sentimientos naufragando y ahogándose en un océano de tristeza, recibí un mensaje de una amiga tica, Opi: “Tani, solo hay un respuesta funcional en estas situaciones, cultivar el amor hacia otros y hacia ti”.

Los minutos y horas posteriores fueron como una película muda donde, para entender el desenlace, debía prestar atención a los personajes que me rodeaban. Pero mi dolor era tan inmenso que mi atención se disipaba con cada pisada y con cada latido de mi corazón. Caminaba por inercia, fijaba la vista más allá del horizonte, dudaba de mi propia existencia y no entendía las palabras que otros articulaban ni los gestos que realizaban. Eran personajes mudos actuando sobre páginas en blanco dentro de un libro interminable que se extendía hasta el infinito, cuyos contornos se desdibujaban y que dictaban el compás de mi corazón.

Madrid, 27 de julio de 2022

El 27 de julio de 2022, ataviada en un vestido blanco, me acerqué al cuerpo de mi madre, le agradecí sus enseñanzas y le deseé una bella travesía por el universo, mientras mis lágrimas reponían el agua de los océanos, de las fuentes y manantiales.

La ceremonia de cremación arrancó minutos después. Las notas musicales las puso Ángel, un gran amigo de mis padres que, con los presentes como coro musical, entonó la letra de ‘Al Alba’, del cantautor español Luis Eduardo Aute.

“Presiento que tras la noche, vendrá la noche más larga. Quiero que no me abandones, amor mío, al alba.”

‘Al Alba’ fue un preámbulo inmejorable para el homenaje inolvidable que mi hermano Sergi le rindió a Olga en nombre de todos los que la queremos. Porque si mi hermano nos enseñó algo aquel día fue cómo uno debe despedirse de una madre:

Por Sergi

Cementerio de la Almudena (Madrid) – Esta pequeña historia comienza el 29 de enero de 1979, por la tarde, en algún momento después de comer, en una habitación de un hospital de Madrid.

En la cama, esperando a su primer hijo, yace una mujer joven e inexperta, pero vital, que sostiene en su mano un libro, “Las Maquinarias de la Alegría”, que representará a esa mujer y parte de su legado durante mucho tiempo. Ella lee y lee incansablemente, hasta que llega el momento de dar a luz.

Esa mujer, era mi madre. Ese recién nacido, era yo. Me gusta pensar que conocí a mi madre leyendo.

Hoy todos nosotros vamos a cerrar un círculo y vamos a abrir muchos otros.

Todos los que estáis aquí, todos los que nos habéis dado vuestro cariño y amor desde la distancia y la cercanía representais, de forma inexacta y polihedríca lo que mi madre fue.

Ella es parte de nosotros, y nosotros de ella.

La conocimos en variedad de escenarios y lugares: Como amiga, esposa y amante, madre, tía, confidente, compañera…

Olga era esa Maquinaria de la Alegría imperfecta que, de forma imprecisa pero segura, estaba presente en nuestras vidas. Creo que somos mejores por haberla conocido. Creo, que el mundo es mejor porque ella lo habitó.

Este mundo necesita más gente como Olga: Tolerante, luchadora, culta, disfrutona, abnegada, obtusa y cabezota; soñadora, creativa, sufridora y sacrificada, cuántica e inexpugnable, cercana, fuerte, solidaria y justa; y sobre todo, libre. Libre de verdad, con mayúsculas, con conocimiento e inteligencia.

No era una mujer fácil de entender, pero si respetabas su forma de ser, podía llegar a ser extraordinaria.

Era capaz de proporcionar sencillas pero precisas lecciones de vida, o simplemente cometer pequeños descuidos inconscientes como nadar entre tiburones en Vietnam para susto de mi padre. Era su propio metrónomo, y hacía que todo el engranaje funcionase a su son.

En palabras de su nieta mayor: “La abuela era la persona que más he visto disfrutar en la vida”. Ella la abrazaba sin compasión y con tenacidad. Otra vida no hubiese sido suficiente…tal era su capacidad, tal era su despliegue vital.

Sé que vamos a tardar en cerrar el hueco que ha dejado, pero si mis palabras tienen un propósito hoy, es que penséis de qué manera la recordaréis.

Hoy se cierra un círculo para todos nosotros. Me gusta pensar que ella me trajo al mundo leyendo. Y es por eso que la voy a despedir con esas mismas palabras familiares y perennes que huelen a infinito.

“Y bajaron por el sendero hasta perderse de vista, dejando polvo en el aire, dejando abierta la puerta de la casa y los póstigos y las ventanas para que la luz del sol se reflejara allí y los pájaros entraran a hacer sus nidos, a cuidar sus familias, y los pétalos de las deliciosas flores del verano volaran en lluvias nupciales por los largos corredores, sobre una alfombra, y en los cuartos, y sobre la cama que esperaba vacía. Y el verano, con la brisa, cambió el aire en todos los grandes espacios de la casa para hacerla oler como en el Comienzo o como en la primera hora después del Comienzo, cuando el mundo era nuevo y nada cambiaría y nadie envejecería nunca”. – Ray Bradbury, La Muerte y la Doncella, Las Maquinarias de la Alegría.

Adiós mamá.

Olga y sus Maquinarias de la Alegría.

This entry was posted onThursday, July 28th, 2022 at 2:44 pm and is filed under Relatos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site. Both comments and pings are currently closed.