Un pintor, el Louvre y un elefante

Por Aitana Vargas

13 de julio de 2015

No sé bien a quién le dirijo esta reflexión. Tampoco sé si a alguien le importa, ni siquiera a mis compañeros de profesión, aquellos cuya labor principal es informar y cuestionar las afirmaciones de sus fuentes en la elaboración de sus reportajes.

Digo esto porque la semana pasada me topé por algún recodo de Facebook con una historia emitida por KMEX Univision 34 en Los Ángeles firmada por Francisco Ugalde, y que presentaba como un acontecimiento histórico que el pintor indígena Calixto Shibaja expusiera parte de su obra en el Louvre.

Univision LouvreEra el relato perfecto, una historia de color que ilustraba cómo el pequeño artista de origen modesto puede también ocupar un lugar de honor en una institución vanagloriada mundialmente como lo es el museo parisino. Los elementos eran envidiables y el escenario inmejorable: la ciudad donde se eleva hacia el firmamento la espectacular Torre Eiffel, la urbe de los Campos Elíseos y la capital mundial de la pasión cuyos amantes pasean cogidos de la mano mientras contemplan el cauce del río Sena. Allí, en ese país europeo, los franceses se rendían a los pies de un pintor oaxaqueño.

Sin duda, ¡toda una gesta para el artista! — Si hubiera ocurrido.

El indígena, de trato amable y a quien entrevisté hace varios meses sobre su trayectoria profesional, nunca ha visto su obra colgada en las paredes del Museo del Louvre en París — ese santuario artístico que reúne y celebra las obras maestras y trayectorias de artistas de renombre internacional como Michelangelo o Leonardo da Vinci.

Pero a nadie en la redacción de KMEX se le encendió la luz de alarma, ni a la presentadora que dio paso al tema, ni al reportero que realizó el reportaje, ni al productor de turno, ni a ningún otro que vagara por la redacción en ese momento. Tampoco a nadie se le ocurrió googlear el nombre del artista y verificar que su gesta, al menos en este universo, era más un anhelo que una realidad constatable. Tampoco contactaron con el museo francés para obtener la contraparte informativa, algo que a mí sí se me ocurrió hacer con la rapidez que permiten hoy en día los correos electrónicos.

“El museo del Louvre no presentó ninguna obra de Calixto Shibaja”, me confirmó en un email la oficina del prensa de la institución cultural.

“Puede que haya habido una confusión con el “Salon du Carrousel du Louvre”, que es un espacio comercial privado, que a veces muestra exhibiciones, pero no tiene nada que ver con el museo del Louvre”, aclaró.

Efectivamente, el nombre del oaxaqueño sí aparece en la página web de este salón de eventos situado también en la capital francesa, pero el cual carece de vínculos con el prestigioso museo.

Salon de Carrousel de LouvreLa aseveración de que la obra de Shibaja pudiera ser exhibida en el Louvre es un hecho que, a priori, resulta sorprendente. Y no es que las pinturas del oaxaqueño no tengan una técnica buena o no se merezcan formar parte de la lustrosa historia y colección de este museo, sino que simplemente su trayectoria no reúne aún los requisitos para ser expuesta allí. Y estos indicios tienen en sí el peso suficiente como para obligar al periodista a cuestionar la veracidad de dicha afirmación e ir un paso más allá. Es más, corroborar o desmentir las afirmaciones del pintor tenía que haber sido una tarea rutinaria, un acto reflejo y automático en el quehacer periodístico, pero desafortunadamente esta práctica ha caído en desuso y está en vías de extinción.

No es la primera vez que se producen hechos similares en este mercado y en la industria en general, y no será la última. Estamos tan abstraídos y preocupados por las necesidades de un ego que se alimenta de aumentar el séquito virtual de seguidores en Twitter y Facebook, que cuesta un esfuerzo casi sobrehumano (e incluso sobreperiodístico) verificar los hechos que tenemos ante nosotros aunque éstos clamen al cielo y no resulten coherentes.

La historia de Shibaja y su periplo francés, por fortuna, no tienen una trascendencia mayor en nuestra existencia diaria ni un impacto palpable en nuestra vida, más allá de sacarle los colores al artista. Sin embargo, sí hay un trasfondo importante e incluso preocupante que se deriva de este acontecimiento. Si la costumbre de no verificar se traslada a temas de mayor índole, nos encontramos ante la destrucción del cuarto poder a manos del periodista y con su más absoluta complicidad. Y esto, sí que amerita un debate dentro del colectivo que representamos.

Dicho esto, ni me considero más lista que nadie, ni mi coeficiente intelectual es superior al de la media colectiva, ni tengo la autoridad moral para criticar a nadie. Tampoco pretendo que, con esta reflexión, mis compañeros se sientan atacados. Me solidarizo con ellos porque, probablemente, se dejaron deslumbrar y embelesar por la belleza exterior de un relato cuyo interior sólo estaba habitado por el deseo de un artista de consagrar su carrera por todo lo alto.

Lo que sí me gustaría es invitar y hacer un llamado a que de forma conjunta debatamos por qué el periodista ha perdido la sed de cuestionar, un ejercicio que debería ser automático, innato a la figura que encarnamos y que nosotros mismos deberíamos venerar y cuidar con paños de oro. No dejemos que nuestra profesión se desvirtúe y se devalúe. No, de esta manera.

En medio de la fiebre de las redes sociales, donde la desinformación navega a un ritmo vertiginoso por todos los rincones del planeta, se nos olvidó cuál es nuestra función. Se nos olvidó hacer esa única pregunta para destapar la realidad, esa pregunta tan obvia que, al hacerla, pareciera incluso que es ridícula. Si tiene aspecto de elefante, patas de elefante, trompa de elefante y se desplaza como un elefante ¿no será un elefante?