La agonizante muerte de España

Por Aitana Vargas

13 de abril de 2013

(Madrid, España).  Fueron doce horas surcando los cielos rumbo a esas tierras ibéricas de mi infancia que tan profundamente he añorado. Doce horas alejándome del calor angelino para acariciar de nuevo el cielo nublado de Madrid. Los nubarrones grises se despejaron un instante para permitir el anhelado descenso a suelo español. Ante mí se abrió el camino de regreso a casa, a ese calor del hogar familiar que he extrañado desde mi destierro californiano.

Desde que he llegado no ha parado de llover. Una tarde tormentosa mis pies caminaron casi por instinto hasta la histórica Plaza Mayor, despertando en mi memoria vivencias que uno siempre piensa que habitan en algún recodo del pasado, pero que vuelven a resurgir con fuerza y a latir en nuestro interior cuando uno menos se lo espera. Como un espejismo en medio del desierto, brotaron frente a mí esos puestos desmontables donde cada invierno mi madre solía comprarme bolitas artesanales para decorar el árbol de navidad. Año tras año, me insistía en que debíamos comprar lazos rojos para cubrir la desnudez de cada bola. Y yo, con la ilusión de una niña, asentía con el corazón y con la cabeza. De aquello han pasado al menos veinte años.

La lluvia intratable de aquella tarde alimentó mi deseo de proseguir mi paseo por las calles mojadas de la capital española, mostrándome el camino hacia el popular barrio de La Latina, al que de pequeña acudía con mis padres y mis tías para realizar compras y disfrutar del ambiente festivo del domingo. Me entretenía buscando libros y objetos en esos tenderetes y puestos de El Rastro – el mercadillo por excelencia de la capital española – donde uno podía encontrar casi cualquier cosa que se le antojase. Y quizá en un momento de descuido, cuando mis ojos nostálgicos observaban la fachada del Teatro La Latina, mi mirada volvió a encontrarse con el reflejo intenso de tus ojos color esmeralda. No sé por qué tu luz apareció en medio de la lluvia madrileña…Quizá sea porque te quise demasiado. Quizá sea porque aún te quiero. Y ¡cuánto desearía no hacerlo!

Dirigí la mirada hacia mis pies desprotegidos al sentir la humedad de la lluvia calar mi piel desnuda. Sentí de nuevo la solidez del asfalto debajo de mis pies. Guardé entonces en el bolso un paragüas cansado de absorber gotas de agua y emprendí el sendero de vuelta a casa. No sé cuándo mis pies volverán a pasear por este barrio bohemio de Madrid, porque su eco del pasado aún retumba con intensidad en mi interior empañando de claroscuros mis sentimientos. No sé cuando tu mirada se eclipsará para dejar paso a la llegada de otras emociones. Y en mi habitual desconcierto, hice lo que mejor sé hacer: alejarme de tu recuerdo insano y abandonar mis sentimientos no compartidos en el empedrado de la Calle Almendro.

Desde el autobús, Madrid muestra una cara distinta. Contemplar la urbe a través del cristal lluvioso crea luces y sombras sobre los edificios y sus habitantes, desfigurando sus siluetas. No parecen lo que en realidad son – hasta que uno se apea del autobús y entra en contacto directo con ellos, fundiéndose con sus contornos deformados y convirtiéndose en parte de su misma realidad.

Me bajé del autobús en la última parada y contemplé desde la cresta del barrio cómo el paso del tiempo no había perdonado tampoco a esas pistas de tenis que ahora lucían desgastadas por las pisadas de los niños y la exposición inquebrantable al sol y a la lluvia. Vi entonces sobre un charco el resurgir de una figura aniñada de mueca traviesa que empuñaba una raqueta Yonex. Al otro lado de la red, el cabello rubio de un niño resplandecía sobre un fondo de tonos grises. No fue difícil reconocer sus rostros. Fueron horas, días, meses…una vida entera la que pasé golpeando pelotas de un color amarillo intenso y recorriendo cada centímetro de ese rectángulo bicolor. Unas pistas donde a golpe de raqueta se forjó mi niñez, mi carácter, mi perseverancia, mi resistencia y mi tozudez extrema. Unas pistas desde las que, día tras día y en compañía de mi hermano y de mi padre, contemplé el ascenso del sol en el amanecer madrileño y el crepúsculo al atardecer. Unas pistas que ahora temo pisar porque quizá los recuerdos y las emociones sean demasiado sobrecogedoras. Prefiero observarlas desde la distancia, con cierta reserva, que acercarme a esa realidad aparente que podría conmover profundamente mi espíritu, porque quizá éste sea un cara a cara para el que aún no esté preparada. O al que quizá no tenga la valentía de enfrentarme.

Retrocedí en mis pasos en dirección opuesta, buscando en la caída del sol la calma que anhelaba. Y en el horizonte lejano vislumbré ese rostro familiar que con punzadas finas y constantes tejía lana de múltiples colores. Recordé las palabras de mi abuela unos días atrás: “Cuando compré esta máquina de coser, el vendedor me dijo que tenía máquina para toda la vida. Y así ha sido”. Con un cariño y una ilusión indescriptibles me entregó aquel día una bufanda de color rosa que, a mi pesar, no podré incorporar con asiduidad a mi vestuario en el caluroso clima californiano. “Pero la usaré cuando me mude otra vez a mi amada Nueva York”, pensé en mi interior mientras contemplaba sus ojos castaños humedecidos. La vida de mi abuela fue una vida de creaciones. Creaciones textiles a base de esfuerzo y sacrificio para sostener a su familia en medio de la devastación y la miseria creadas por la Guerra Civil española. “Eran otros tiempos”, recuerda con un gesto que vacila entre la resignación y la tristeza. Sí, eran otros tiempos, porque la generación de mi abuela echaba mano de cualquier habilidad para calmar el hambre de los suyos y buscar un foco de calor en el frío gélido del invierno madrileño. Ellos, mis abuelos – incluso mis padres – conocen el significado de la palabra ‘penuria’. Mi generación, en cambio, sólo ahora comienza a entender su significado. Y ni siquiera lo hace desde la conciencia plena.

En tan solo cuatro años, como un relámpago en mitad de la tormenta, la abismal crisis laboral y el cáncer económico han devorado sin piedad España. En el barrio de mi niñez, todo se encuentra en el mismo lugar que ocupaba cuando me marché. Pero la realidad supera esa engañosa percepción superficial. Los parques y jardines, no hace tanto repletos de vida y color, se han marchitado. Ya no crecen flores ni césped. Y las pocas flores que logran abrirse paso entre la maleza, lo hacen a su antojo y sin rendirle cuentas a nadie. Todo está abandonado. Un retrato del desamparo insólito que sufre el pueblo español a manos de una clase política inepta, corrupta y descaradamente inhumana.

Me apesadumbra contemplar y compartir el sufrimiento agonizante que atraviesan mis compatriotas españoles. Me indigna ser testigo del robo a las arcas públicas que los políticos están protagonizando mientras fingen liderar un país en pleno naufragio, y que se zarandea de un lado a otro en mitad de la tempestad a merced del imparable y todopoderoso vendaval Merkel.

Pero la muerte por asfixia y desangramiento de España no es solo económica o laboral. Y eso que la banca ya ha sido rescatada y las previsiones de cara a esto año fijan en un 27% la tasa de desempleo entre la población activa. El estrangulamiento económico del país – a manos del demoníaco gobierno y las entidades bancarias – está desintegrando las instituciones públicas y provocando el retroceso acelerado de la sociedad civil. Las pruebas, para quien lo dude, están a la vista de todos.

La ola de recortes, la desesperación del pueblo, la impotencia nacional, el ahorcamiento del espíritu colectivo español han adquirido una dimensión cuya manifestación más trágica es la sangría de desahucios que ha venido produciéndose en los últimos años y que ha culminado en el suicidio de varias personas para ‘escapar’ del genocidio financiero. Bancos y cajas de ahorros se acogen a cláusulas hipotecarias abusivas para echar a los inquilinos de sus hogares con el consentimiento de los partidos políticos. Y ya lo ha dicho en su sentencia el Tribunal de Justicia de la Unión Europea: la ley hipotecaria española del año 1946 es abusiva y va en contra de la legislación europea de protección de los consumidores. Pero hasta que la UE no se ha pronunciado al respecto, el gobierno no ha dado ni un solo paso para frenar la tragedia humanitaria causada por los desahucios masivos. Ahora el Ejecutivo no tiene más remedio que modificar la ley. Y mientras estudia las reformas, permite que España siga en caída libre.

Pero las nuevas medidas llegan o llegarán tarde. España ya no es un país. Sólo quedan vestigios, ruinas, añicos de una nación cuyos contornos se desvanecen mientras sus antepasados se estremecen en la tumba al contemplar cómo sus tierras de olivos han sido calcinadas por el afán de enriquecimiento y el cinismo de unos pocos.

Mi paso por estas tierras del Mediterráneo coincidió con la muerte del humanista, escritor y economista José Luis Sampedro, firme defensor del movimiento de los indignados (15M), que fue replicado en otros países, incluyendo en varias ciudades de Estados Unidos. Un movimiento que debe recobrar fuerza porque, como apuntaba este referente intelectual, es la única esperanza tangible a la que puede agarrarse la juventud española para redibujar los contornos difusos de mi patria. Los jóvenes, la espina dorsal de la sociedad, viven una tragedia inconcebible en un país desarrollado. Con una tasa de desempleo en este sector poblacional que supera el 50%, son los jubilados quienes alimentan con sus raquíticas pensiones a unos hijos que no conocen lo que es ganarse el pan de cada día trabajando. Así es la generación a la que pertenezco. No saben lo que es trabajar. Y no porque no quieran, sino porque no tienen la oportunidad. Y si los jóvenes no trabajan, ¿quién financia el sistema de pensiones en un país que envejece sin remedio?

La crisis ibérica (que ya no es una crisis sino una realidad permanente e irrevocable) le está sacando las vergüenzas a la sociedad española y hasta a la misma Casa Real. Entre el Urdangarazo y la imputación de la Infanta Cristina, los Reyes asisten desde su trono a una erosión sin precedentes de su popularidad. Nunca he sido partidaria de la Monarquía. Ahora menos. Tras el vergonzoso escándalo que ha sacudido a la Corona, el gobierno del Partido Popular estudia, a petición de los monarcas, incluir a la Casa Real en la nueva Ley de Transparencia. No me interesa tener acceso a las cuentas reales, ni saber si la princesa se viste de Gucci o de Zara. Me interesa que el presupuesto de la Corona sea el presupuesto de los españoles, que sirva para darle un hogar a los desahuciados y a los que buscan con desesperación un empleo que lleva años sin llegar, que ese presupuesto garantice que la ciudadanía tenga acceso a una sanidad pública universal, y que el inmigrante sin papeles reciba la atención médica que requiere al margen de su condición administrativa. Ésa es la España que, desde mi destierro angelino, quiero.