La enfermedad mental que acorrala a la NFL

Por Aitana Vargas

1 de febrero de 2014

Cuando el Doctor de origen nigeriano, Bennet Omalu, observó a través del microscopio las muestras cerebrales del legendario exdeportista Mike Webster, no había duda alguna: era la primera vez que la encefalopatía traumática crónica (ETC) se detectaba en un jugador de fútbol americano. Su fallecimiento y la presencia de esta enfermedad degenerativa, a la temprana edad de 50 años, desató las alarmas.

Con la muerte de su estelar carrera, moriría también la imagen del deportista imponente que conquistó 5 anillos del Super Bowl. La retirada de Webster del terreno de juego marcó el inicio de una etapa plagada de secuelas trágicas. Convulsiones, ataques epilépticos, episodios depresivos, signos de demencia, pérdida auditiva y problemas en la columna vertebral. Para mitigar el dolor, Webster malvivió sus últimos años bañado en un cóctel de medicinas.

El 24 de septiembre de 2002 su cuerpo recibió sepultura, convirtiéndose ese momento en el epicentro de la mayor crisis que ha agitado a la Liga Nacional de Fútbol (NFL) y, por ende, a uno de los pilares sobre el que reposa el arraigado sentido de orgullo e identidad estadounidense.

El hallazgo de ETC en Webster fue duramente atacado y desestimado por la NFL, que vio en éste la pólvora para desatar un incendio voraz con el potencial de calcinar una industria que anualmente genera beneficios multimillonarios.

Un Dr. Omalu amedrentado se retiró de las investigaciones. Pero en seguida, la Doctora Ann McKee, de la Universidad de Boston, le tomó el relevo. Una tras otra, las autopsias practicadas por Mckee confirmaron la presencia de ETC en docenas de exjugadores fallecidos, incluyendo a un joven deportista de tan solo 18 años, Eric Pelly, y al exjugador de fútbol universitario Owen Thomas, que se colgó a los 21 años de edad.

Desde que estalló el escándalo, la NFL ha negado sistemáticamente la conexión entre el fútbol americano, los daños cerebrales, y las enfermedades mentales degenerativas, pese a las críticas incesantes que recibe a su gestión de la ETC. Pero la presión ejercida por las viudas y familiares de los jugadores, sumada a la preocupación manifiesta de la comunidad médica, ha ido cerrándole el cerco cada vez más a los directivos de la liga. Finalmente no les quedó más opción que dar un paso al frente y anunciar la donación de $30 millones a los Institutos Nacionales de Salud (FNIH) destinados a la investigación médica.

La donación, sin embargo, no sirvió para apaciguar la preocupación de los jugadores, que exigían una admisión de culpabilidad y medidas de prevención específicas por parte de la NFL. Éstas no llegaron, y los jugadores presentaron una demanda en los tribunales. En agosto de 2013, los directivos de la Liga y los abogados de más de 4.500 exjugadores alcanzaban un acuerdo de $765 millones para evitar llevar la lucha ante un jurado. 

“Los beneficios de este acuerdo marcarán la diferencia no sólo para mí y para mi familia, sino para miles de mis hermanos futbolistas que, o necesitan ayuda hoy, o puedan necesitarla algún día en el futuro”, decía poco después de darse a conocer el acuerdo, Kevin Turner, un exjugador de los Philadelphia Eagles y del New England Patriots que sufre Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA).

En enero de este año, sin embargo, el acuerdo fue anulado por la jueza Anita Brody, al considerar que la cantidad es insuficiente para cubrir los gastos médicos e indemnizaciones de todos los jugadores que puedan requerir tratamiento en el futuro. 

“Incluso aunque sólo un 10% de los jugadores retirados de la NFL reciban eventualmente el diagnóstico requerido”, escribió la magistrada, “es difícil ver cómo el fondo monetario establecido tendría los fondos disponibles de por vida para pagar a todos los demandantes unas indemnizaciones a niveles tan significativos”.

Los abogados de ambos bandos continúan las negociaciones a puerta cerrada para acordar una cifra económica que satisfaga las exigencias de la jueza y de las partes implicadas.

Con el ambiente caldeado, y a tan solo unas horas de la gran cita entre los Seahawks y los Broncos en la Super Bowl de este año, la preocupación sobre los riesgos a la salud se ha contagiado rápidamente de la liga profesional de fútbol a los centros escolares de todo el país, donde millones de niños practican a diario este deporte.

Según datos del Instituto de Medicina y el Consejo Nacional de Investigación, que evaluó atletas de entre 5 y 21 años en diversas disciplinas, “los resultados de nuestro informe justifican las preocupaciones existentes sobre las contusiones deportivas en gente joven”, dijo Robert Graham, director de la investigación. El estudio además resalta que “existen pocas evidencias de que los diseños de cascos deportivos actuales reduzcan el riesgo de contusiones”.

A su vez, los datos advierten que los deportistas con un historial previo de contusiones presentan un mayor riesgo de sufrir contusiones en el futuro, y que el periodo de recuperación sería más prolongado. Se ha observado que las contusiones afectan a las áreas de la memoria, a la velocidad de reacción y que aumentan el riesgo de padecer una depresión clínica. Como advertencia final, los investigadores recalcan que uno de los principales problemas de los jóvenes jugadores es que evaden reportar los golpes en la cabeza que sufren sobre el terreno de juego.

La crisis que sacude a la NFL está en boca de todos, incluso del mismo Presidente estadounidense. En una entrevista el año pasado con The New Republic, Obama dijo “Soy un gran fan del fútbol. Pero tengo que decirte que si tuviera un hijo, tendría que pensármelo mucho antes de dejarle jugar”.