La marea de indigentes: un espejo de nosotros mismos

Por Aitana Vargas

23 de febrero de 2014

Me encontraba en el teléfono hablando con mi padre cuando una indigente vestida con ropa de invierno se acercó a una de las mesas situadas frente a un Starbucks y, sin pudor alguno, le pegó varios sorbos a un café que reposaba en ésta. El dueño de la bebida, un anglosajón de pelo y ojos claros, estaba distraído tratando de descifrar los ladridos de su perro, que permanecía sujeto con una correa a un árbol a un metro de la mesa. Cuando el joven redirigió por fin su cuerpo hacia la mesa, se topó cara a cara con la señora que plácidamente bebía su café sin reparar en nada más.

“¿Estás bebiéndote mi café?”, le preguntó el treintañero a la señora.

“Eso creo”, contestó ella mientras colocaba el envase sobre la mesa y se marchaba tan tranquila.

La maña y el cinismo son habilidades que el vagabundo desarrolla y consolida en las inhóspitas calles de Los Ángeles. No hay otra alternativa. Sobrevivir es un ejercicio diario de cinismo y pasotismo.

En un espacio de diez minutos, otra indigente, esta vez una rubia de 40 y tantos años, le montaba una escena cuasi-cómica a este mismo perro, el cual le daba rienda suelta a su instinto animal ladrando ininterrumpidamente a otros dos perritos que pasaban en ese instante por la calle. La señora, a quien no se le entendía palabra alguna que pronunciaba, le gritaba al animal frente a la decena de personas que saboreaban un café en una terraza de la calle. Tras diez minutos de regañina, la señora continuó su camino en línea recta, cruzó el semáforo y, ya desde el lado opuesto de la calle, le lanzó una última retahíla de improperios al perro.

“Típica escena de Los Ángeles”, comentaba un joven afro-americano que dirigía sus pasos hacia el interior del establecimiento.

El dueño del perro, con una mueca de desconcierto en el rostro, callaba mientras su gesto navegaba entre la sorpresa y la mofa.

Desde una esquina de la terraza contemplaba yo los incidentes mientras le comentaba a mi padre que el centro de esta vasta urbe es un hervidero de vagabundos. Parece que la misma ciudad los coloca en las esquinas y en las aceras para recordarnos su incómoda existencia. En este país son muchos quienes piensan que ser indigente es una elección personal.

“Son unos vagos”. “Están así porque quieren”, comentan sin compasión algunos amigos míos.

Mi juicio discrepa de esta percepción y opinión que considero superficial.

El estado del indigente que malvive en las calles, que solo espera a morirse para que su ‘absurda’ existencia llegue a un fin, es un reflejo de la sociedad que lo ha creado. Tal cual es el vagabundo presente en las calles, tal cual somos nosotros. Ellos son nuestro mero reflejo, nuestro espejo. Y quizá por este motivo prefiramos distanciarnos de él acusándolo de su desdicha: “Están así porque quieren”. Porque es más fácil culparles a ellos de su estado que responsabilizarnos nosotros de una culpa que, a mi manera de ver, es compartida.

Una sociedad más compasiva no toleraría que una comunidad desprotegida y vulnerable se pudriera frente a sus ojos. Una sociedad más empática arrimaría el hombro y le tendería la mano al desvalido que se muere de hambre ante su atenta mirada. Quizá, mis amigos tengan cierta razón: tal vez ser vagabundo sea una elección personal. Pero también lo es ayudar a quien ha destruido su vida. Y no ayudar pudiendo hacerlo, sólo habla mal de uno mismo.

Las calles del centro de Los Ángeles son uno de los lugares donde converge la pobreza extrema de esta gigantesca urbe. Los vagabundos empujan sus carritos –repletos de ropa y otras pertenencias– de un lado a otro del centro. Es imposible salir a la calle y no encontrarse con su mirada perdida.

Por las mañanas y tardes deambulan por las aceras y negocios de la zona. Algunos se acercan a los transeúntes en busca de comida y dinero. Otros mantienen diálogos con sí mismos mientras caminan sin rumbo fijo. En el ocaso, comienzan a levantar sus tiendas de campaña sobre las calles. Hay quienes, en cambio, prefieren dormir en el parque de la Biblioteca Pública de la ciudad o tumbarse en un banco junto a la parada del autobús. Otros colocan sus cartones y sacos de dormir en los recodos de las calles.

La pobreza extrema y los vagabundos ocupan un lugar protagonista en el centro de esta ciudad. Conviven cada día con la riqueza y la ostentación propia de los yuppies adinerados que caminan por las calles haciendo gala de lo que poseen. La dicotomía es abrumadora. La brecha social y económica entre unos y otros es abismal. Dos mundos infinitamente dispares comparten un mismo espacio, pero el diálogo y el entendimiento es inexistente.