Crónicas desde La Fortaleza

Por Aitana Vargas

21 de agosto de 2013

Desde la ventana de la fortaleza empedrada apenas se otean unos diminutos cúmulos de nubes blancas, como si fueran motitas imperfectas que tiñen el horizonte lejano. Es como el eco del pasado tratando sin éxito de llegar al presente.

El viento de poniente arrastra las nubes hacia el interior del mar, pero ellas luchan con intensidad por avanzar hacia al castillo. Los cuervos huidos del norte agitan sus alas alentando a las nubes a retomar el rumbo hacia tierra firme. El flanqueo es un fiasco. Sé que ni las nubes ni los cuervos picudos me alcanzarán. Se perderán entre la inmensidad.

Hoy es como ayer. Y ayer como el día anterior. Nada muta en estas tierras desérticas. Los espesos campos verdes con sus árboles en flor se consumieron por la dejadez humana. El tiempo acabó por mancillarlos, sepultándolos bajo toneladas de arena y roca maciza. La esperanza pereció en medio de la lucha. La verdad también. La avaricia y la malicia desgarraron el corazón de quienes vendieron su alma al canto envenenado de las sirenas malditas, las que difaman por diversión y pasatiempo, esas pirañas semihumanas que inflingen daño con sus bocas viperinas, esas que malviven y se alimentan de la destrucción de vidas ajenas mientras dibujan sus egos a golpe de pintalabios.

La lucha concluyó hace varios siglos, llevándome a este destierro humano, alejada de la civilización, impotente y pasiva a la espera de la verdad, esa verdad que algunos esperamos en forma de justicia. La justicia…un concepto inventado por la ‘razón’ del ser humano para justificar – desde el fabricado sentido de la moral – las imperfectas reglas universales que rigen nuestro caótico cosmos; La justicia…ese ideal utópico al que algunos nos encomendamos para darle un sentido y propósito a nuestras vidas errantes y pasajeras. Pero quienes creemos en estos ideales efímeros poseemos la fuerza para alzarnos victoriosos en estas guerras de la retórica, aunque sólo sea uno quien llegue hasta el final, y aunque sólo el victorioso acceda a la verdad – una verdad que únicamente compartirá consigo mismo ante el recuerdo lejano de todos los que han caído frente a sus ojos cristalinos y humedecidos.

En los interminables pasillos y salones de este palacete impoluto no hay temores – sólo los míos. Son los fantasmas de una soledad voluntaria y necesaria que se ocultan entre la densa roca de los muros. A veces los suelto por el ventanal del ala este y a medianoche regresan a mí, como fieles y leales mensajeros cargados de rumores putrefactos provenientes de las catacumbas y las almas caídas. Pero las piedras de la fortaleza sellan con firmeza el paso de los ecos malignos, que se agitan y regresan a su reino por los oscuros senderos que con sus manos ensangrentadas fabricaron.

Anoche, justo cuando el sol caía al abismo celestial, coloqué la última piedra a mi monstruoso castillo. La torreta oriental, por donde renace el sol cada amanecer, es ahora la torreta más alta del reino desplomado. Contemplo desde las alturas la meseta de soledad que se eleva ante mí – un recuerdo del precio que yo estuve dispuesta a pagar. Contemplo con frialdad la destrucción ajena sobre las planicies que rodean mi templo. ¡Qué difícil es compartir la verdad y la justicia con…uno mismo!

Observo en la planicie los vestigios de una sociedad masacrada, las ruinas de la moral, la ética, y el civismo acribillados. Las sombras negruzcas sobre la arena reflejan los valores de una humanidad anestesiada que se autodestruyó con brotes de estupidez, estallidos de hambruna narcisista y verborrea maligna. La humanidad, esa brújula mental desorientada que vagaba por el vasto cosmos, esa bomba de relojería imperfecta a punto de reventar, reventó. Y con ella cayó también la carroñería humana que habitaba el planeta desde tiempos inmemoriales.

Ante mí, cada día, en estas tierras inmundas, se alza La Planicie de la Vergüenza: el lugar donde confluyen el pasado y el presente de la humanidad. El lugar que vio nacer y morir los valores que podían habernos rescatado.

En mi templo vive un lobo de pelaje blanco y negro. Cubre su rostro y ojos color miel con un antifaz oscuro. Su belleza enamora, y hasta los cánticos envenenados de las sirenas sucumben a él. Se alimenta de carroña, de la carroña humana que pereció en la guerra dialéctica por la verdad y cuyo espíritu indecoroso trata de resucitar. Este lobo seductor, que oculta su feminidad bajo un aullido masculino, está hambriento a toda hora, tan hambriento como aquél al que se refería Thomas Hobbes cuando afirmaba que “el hombre es un lobo para el hombre”.

Así es. No se puede confiar en nadie. Desconfía siempre de aquél cuyos labios pronuncien “confía en mi”.

En este castillo impenetrable, el lobo es mi mejor aliado. Pero temo aún que la tempestad que se avecina pueda con él. Sé con certeza que la tormenta es una realidad tangible, pero también que no es eterna.