Rebelde sin causa

Por Aitana Vargas

23 de diciembre de 2012

Pensé que esta vez el descenso sería sutil. Pero los nubarrones negros en el cielo de Los Ángeles volvieron a sorprenderme con el pie cambiado. Y tan cambiado como que iba con el típico zapato veraniego abierto que dejaba al descubierto mis pies mientras las calles mojadas calaban cada uno de mis dedos.

Regresé a casa en taxi. Durante el recorrido por el mar de tráfico angelino, me topé una vez más con sentimientos encontrados. Bajé del coche y a escasos metros del portal observé a un vagabundo enredado en sus mantas y un saco de dormir deteriorado por el paso del tiempo y por una vida ‘indigna’ a la intemperie.

En las calles angelinas hay vagabundos en cada esquina, como si el viento los colocara en cada recodo con la intención de recordarle a uno su incómoda presencia. Mis amigos me preguntan si no me da miedo la presencia de los ‘sin techo’ cuando camino a solas por el centro financiero de la ciudad. La verdad es que no. Los vagabundos nunca me han dado miedo. Es más, confío en ellos más que en muchos individuos con cuya existencia lidio en mi quehacer diario.

Recuerdo aún el día en que mi amiga Sara Hurriaga y yo caminábamos por la concurrida Gran Vía en pleno centro de Madrid. Apenas contábamos 16 años y se nos ocurrió regalarle un vale canjeable por una hamburguesa a un indigente que se había instalado con sus cuatro pertenencias en un rincón de la calle. El hombre, emocionado y hambriento, agarró el vale y nos pidió que por favor cuidáramos de sus cartones y mantas roídas y que, ya de paso, vigiláramos a su perro mientras él canjeaba su hamburguesa un par de calles más abajo. Allí esperamos Sara y yo al más puro estilo Woody Allen, en el ‘hogar’ improvisado del vagabundo, ante el minucioso escrutinio de los transeúntes que nos miraban y examinaban inquisitivamente, cuestionando la motivación de dos ‘pijas’ para pedir dinero en la calle.  Quince minutos más tarde regresó el hombre con su hamburguesa en mano, eternamente agradecido por nuestro gesto, y Sara y yo reanudamos nuestro paseo por la capital española.

A veces es en el desconocido de la calle donde hallamos ese gesto amable que nos conmueve. Hace unos meses y bajo el asfixiante sol californiano, esperaba yo el autobús en una parada de Sherman Oaks cuando un vagabundo se acercó a mí y, extendiéndome la mano, me regaló una margarita de pétalos intactos y elegante tallo verde. “This is a gift for you”, me dijo mirándome con ternura a los ojos.

“¡Wow!, si todos en Los Ángeles hubieran tenido un gesto similar conmigo, ¡qué distinta sería mi opinión de esta ciudad!”, pensé mientras le agradecía con una sonrisa esa cortesía con la que se había dirigido a mí – a uno de los tantos rostros anónimos que copan las inhóspitas y descuidadas calles de esta ciudad de alma artificial y gesto condescendiente.

Pero ésta no ha sido la única ocasión en la que los desconocidos me han sorprendido. Con la llegada del otoño, un aguacero descomunal me agarró por sorpresa en Westwood mientras regresaba a casa. Tras una interminable jornada laboral, mis pies cansados reposaban junto al semáforo a la espera de que la luz roja se encendiera y pudiera así cruzar al otro lado de la calle. Me alertaron entonces los gritos de una mujer afroamericana que, desde un vehículo situado en el carril central de la carretera, bajaba la ventanilla y me decía “Do you want my umbrella? Take it.”

Me he quejado de esta ciudad hasta la saciedad. No le he dedicado ninguna palabra de agradecimiento. Mucho menos de admiración. Y tampoco creo que se las merezca. Detesto esta urbe. La detesto urbanísticamente; Y la detesto por su espíritu artificial. Y lo expreso abiertamente porque ése es mi sentir más sincero y porque, haciéndolo, no perjudico a nadie. O, al menos, no creo hacerlo. Soy abruptamente sincera y directa, algo por lo que con frecuencia me acusan de ser seca y fría – sobre todo quienes no se han molestado en conocerme, pero sí en juzgarme desde la distancia y el prejuicio. Y yo, quizá en un gesto de aparente ‘arrogancia’ y ‘soberbia’ – como lo califican algunos que me conocen – respondo “Y ¿qué si lo soy?” Porque aunque recrimine y desapruebe – algo que todos hacemos aunque nos desagrade admitirlo – también tengo la decencia de agradecer y valorar el gesto del desconocido que me demuestra que algunos (y recalco ‘algunos’) en esta ciudad aún se preocupan por el bienestar del prójimo. Y ¡qué irónico que los más amables sean aquellos que menos posean! Y para esa minoría van mis palabras de agradecimiento.

No estaría mal que el residente angelino se desplazara a pie por las avenidas de la ciudad. Es más, es una recomendación que personalmente le extiendo a todo el mundo. Así, existiría una mayor conciencia y un mejor entendimiento de la historia personal que ha llevado al vagabundo a deambular por las calles de Los Ángeles.

A veces creo que soy la única persona que camina por el asfalto de esta urbe. Y desde luego que no soy la única, pero sí de las pocas que lo hacen. Mis amigos y conocidos me dicen que soy una irreverente, que debería adaptarme a la realidad y a las normas sociales de esta ciudad en la que todos viven aislados, desconectados entre sí, y orgullosos de trasladarse de un lado a otro sobre un bólido metálico de cuatro ruedas. He desistido en el intento de explicarles que no puedo vivir como ellos. Y además, no quiero. Al margen de las implicaciones prácticas que conlleve el desplazarse en coche a todas partes, mi naturaleza me impide hacerlo. Y es que necesito que mi cuerpo toque tierra firme, contemplar el recorrido que mis pies siguen a cada paso, escuchar el sonido que mis zapatos provocan al caminar por el asfalto, mirar al frente y a los lados. Y también echar la vista al pasado cuando es necesario. No me gusta caminar rumbo al futuro ignorando la presencia humana a mis lados – por incómoda que ésta pueda resultar. No pretendo vivir en un estado de desconexión permanente con los demás. Quiero el contacto humano. Y lo busco. Porque en esa búsqueda encuentro un sentido a mi existencia. Y aunque pueda sonar filosófico, así es. No podría estar conectada con la realidad que viven los demás si no fuera porque me topo con ella cada día al salir por el portal de mi casa. ¿Cómo podemos sensibilizarnos con el padecimiento y sufrimiento ajeno si nos aislamos, si lo tratamos de ocultar desde el interior de nuestros coches, si nos negamos a reconocer la existencia del indigente que malvive retorcido en un puñado de mantas sucias en una esquina de la calle?

Quizá, y como lo afirma un amigo mío, mi actitud hacia la vida sea la de un “rebelde sin causa”. Pero prefiero ser una rebelde sin causa que conformista por elección.