Mi musa del este

Por Aitana Vargas

27 de diciembre de 2012 

El último de los rascacielos desapareció ante mis ojos, escondiéndose bajo la espesa nube gris que cubría la ciudad. Atrapada entre el manto de nubes y el universo infinito, observé a través de la ventanilla del avión la constelación de Orión. En el horizonte se reflejaban los edificios interminables de esta majestuosa urbe que desaparecía apresuradamente bajo mis pies, mientras sus últimos destellos se fundían con la luz del firmamento.

Mi espíritu se despidió una vez más de la reina de las reinas, de la magnificente Nueva York. Emprendí rumbo a Los Ángeles con la misma desgana y tristeza que en ocasiones anteriores había emanado de mi alma, pero esta vez, latía en mi interior un sentimiento de sosiego, arraigado tal vez en la certeza de saber que el regreso al infierno angelino supondría el inicio de una nueva búsqueda: la de trazar la travesía definitiva de regreso hacia mi musa del este.

Durante días caminé por las calles asfaltadas de culturas entremezcladas de la Gran Manzana, respiré el olor del Río Hudson cuando la lluvia enfadada se funde con sus gélidas aguas de invierno. Desperté con el resplandor de unos brillantes ojos verdes reflejados sobre los rascacielos de la mañana neoyorquina. Observé también ese destello verdoso en el ocaso, justo cuando las sombras descienden hacia el sol del sur.

Amo esta ciudad. Y quizá lo haga porque en ella encuentro aquello que me resulta familiar: el candor de mis seres queridos, de mis padres, el recuerdo ardiente de esa caricia que enciende la llama de la pasión entre dos amantes que vuelven a reencontrarse en la intimidad más deseada.

Canta Ana Belén en su tema Peces de Ciudad que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Tal vez cometí una imprudencia. Porque regresé a las transitadas calles de Nueva York tras meses de vivencias inolvidables, buscando con anhelo y un desacierto desesperanzador esos ojos color esmeralda que un día hicieron arder mi alma con una emoción incontrolable.

Subí con determinación cada peldaño de la escalera que conducía a la azotea del edificio donde un día acaricié en silencio tu rostro español. Y allí, mientras contemplaba la ciudad desde las alturas y una lluvia intensa calaba mi frágil figura, no fue tu mano la que rodeó mi cintura bajo la noche oscura. Tampoco fue la que con ternura acarició mi cabellera empapada por la lluvia, dibujando siluetas en el aire. Pero ¡cuánto hubiera deseado que lo fuera! Creo que el viento furioso quiso vengarse y nos robó nuestra historia de amor. Y allí, en mitad de la tempestad, luché contra las gotas de agua tratando de recuperarla. Encaré el soplido celoso y virulento del viento para llegar hasta ti, pero éste ya había sellado el camino a tus pies. Volveré a buscarte cuando el viento amaine y el sol del sur ascienda en el solsticio veraniego encendiendo de nuevo el camino hacia tu mirada.

Mi intención es inquebrantable. Como lo fue la de David cuando enfrentó a Goliat. Pero mi alma vacila, duda, teme que cuando acuda a buscarte, no vaya a encontrarte. Tampoco sé si tu luz ya se habrá apagado o se habrá enredado con los rayos del astro rey, confundida y embrujada por su magnetismo abismal. Ojalá que nuestras verdades coincidan, que confluyan en ese lugar donde en su día coincidieron, haciendo florecer de nuevo un romance que cautivó en pleno alba a las sombras más oscuras de la ciudad. Espero que la Luna llena me ayude a imponer mi verdad.

Siempre he creído que la ‘verdad’ se codifica en distintos niveles, y que cada uno fabrica una verdad de acuerdo a la interpretación que hace de su realidad. Creo que existe una verdad superior, suprema, absoluta, que probablemente nunca lograremos descifrar ni comprender – una verdad cósmica de trascendencia únicamente filosófica para nuestro quehacer diario sobre la Tierra. Y luego, intuyo existe en paralelo una verdad mundana, concerniente a todo lo ‘humano’, y que contribuye a dotarle de cierto sentido a nuestra existencia. Pero esta última es una verdad que retroalimenta la ilusión de percibir la existencia humana como algo relevante, importante, destacable en el conjunto cósmico cuando, indiscutiblemente carece de valor o propósito alguno. Somos insignificantes e irrelevantes a escala cósmica; orgullosos y frágiles sobre la faz de nuestro diminuto planeta. Y mi espíritu se encuentra atrapado en este universo de contradicciones aparentes, gravitando entre ambos estados de la verdad, tratando de encontrar el equilibrio entre realidades tan dispares.

Cuando retomé la conciencia y eché la vista al reloj, apenas habían pasado un par de minutos desde el despegue desde JFK…pero al girar la cabeza hacia la derecha buscando de nuevo las estrellas de Orión sobre el telón de fondo del universo, su destello ya se había apagado. Suspiré, cerré los ojos y dejé que mi alma viajara al infinito mientras mi cuerpo regresaba en avión a Los Ángeles – trasladándome hacia un futuro que en seis horas sería otra vez mi presente – un presente del que, como siempre, deseo escapar.