Aullidos de mi generación


Aitana Vargas

Por Aitana Vargas

15 de febrero de 2012

“When we are no longer able to change a situation, we are challenged to change ourselves.” ― Viktor E. Frankl, Man’s Search for Meaning

Durante varios días las nubes negras habían cubierto el cielo de Los Ángeles, dejando que una fina lluvia humedeciera las calles de la ciudad. Una escena que apenas se ve en estas tierras californianas. Hoy, en cambio, las nubes se habían disipado permitiendo que intensos rayos de luz calentaran la mañana. Una ligera brisa movía las copas de los árboles, arrancando las hojas secas y colocándolas sutilmente sobre el suelo. Desde la habitación de mi hotel se veía la larga fila de coches que, desde primera hora del día, se iba formando en Santa Mónica Boulevard. Esa mañana no me apetecía salir al encuentro del tráfico. Prefería contemplar el ajetreo de la calle a través de la ventana, y permanecer acurrucada entre las sábanas de la cama. Opté, sin embargo, por desafiar mi apatía y salir a pasearla.

Ascendí por la ladera sur hasta la cima del monte Hollywood. A casi 500 metros de altura, la tranquilidad servía de antídoto ante al trasiego constante de la ciudad. Se escuchaba el trinar de los pájaros y el viento arrastraba las hojas secas de un lado a otro. A lo lejos y entre las copas de los árboles se asomaba tímidamente el popular letrero de Hollywood que adorna la colina sur del Monte Lee. Frente a mí, a unos treinta metros, se alzaba el Observatorio Griffith – una versión a gran escala y moderna del legado que en el siglo XVII dejó uno de los más grandes pensadores y observadores de todos los tiempos: Galileo Galilei.

A principios de aquel siglo, este astrónomo e inventor italiano enfocó su telescopio – el primero en la historia de la humanidad – hacia el firmamento. Descubrió las lunas de Júpiter, las manchas solares, y verificó las fases de Venus. Sus observaciones desterrarían uno de los mitos y creencias que más temor generan en el ser humano – no somos ni el centro del Sistema Solar, ni mucho menos, del Universo. Confirmó, así, las predicciones realizadas anteriormente por Copérnico y que tantos problemas le supondrían a ambos con la autoridad máxima de la época: la Iglesia Católica.

Por desafiar los valores religiosos y las creencias establecidas, Galileo fue castigado por la Inquisición a pasar una vida de arresto domiciliario. El encierro de este valiente pensador no sirvió, sin embargo, para silenciar por siempre sus revolucionarias ideas. La verdad ya había sido destapada, y sería promulgada en años y siglos venideros.

Con sólo alzar la vista a la noche estrellada, Galileo abrió una caja de secretos desconocidos hasta entonces, sobre el origen del Universo y nuestra existencia en éste – secretos que codifican celosamente el propósito de nuestras vidas, que custodian las respuestas a cada una de las preguntas que el ser humano se formula y también aquellas que ni siquiera alcanza a plantearse. Y sobre este telón de fondo que conforma el Universo se va esculpiendo la historia de la humanidad. Pero además, este vasto océano de enigmas es un recordatorio de los límites del entendimiento humano porque, aunque todas las respuestas se encuentren talladas sobre el mosaico del cosmos, quizá nunca lleguemos a capturarlas y comprenderlas. No por ello, sin embargo, podemos – ni debemos – negarnos la oportunidad de ahondar en ellas.

Pero algunas de las respuestas a nuestras preguntas más fundamentales no se encuentran a millones de años luz de la tierra. Basta con mirar alrededor para tomar conciencia de ellas. La humanidad atraviesa momentos de gran incertidumbre; se ha producido una desconexión entre los esquemas de valores que impulsaron el desarrollo y progreso tecnológico, y las necesidades espirituales y sociales del ser humano. Y cuando los planteamientos y las creencias básicas colapsan, la necesidad de dotar con un sentido y un propósito práctico, espiritual y terrenal a nuestras vida se intensifica. La codicia, la avaricia y la falta de escrúpulos que derivaron en el tsunami financiero del año 2008 esconde la clave a una gran parte de la frustración que la humanidad sufre en la actualidad.

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Con la caída del sol, inicié mi descenso por la colina sur del monte Hollywood. Me vino entonces a la cabeza mi última visita a San Francisco. Era una mañana soleada y fría de diciembre. A bordo del tranvía que conducía hasta Union Station, un señor sentado en la primera fila a mi izquierda mantenía un diálogo en voz alta con su propia conciencia. Tenía unos 60 años, una espesa barba canosa y miraba con nerviosismo de un lado a otro, mientras murmuraba comentarios que yo apenas alcanzaba a entender. Llevaba una gruesa y desgastada chaqueta azul para resguardarse del frío. Parecía ajeno a todo lo que acontecía a su alrededor. Aunque quizá él no se sintiera observado ni juzgado por el resto de pasajeros que presenciábamos la incómoda escena, todos manteníamos la mirada clavada en él. Examinábamos al detalle cada uno de sus movimientos y gestos. Y obviamente, en el rostro de muchos de nosotros era difícil ocultar nuestros más íntimos pensamientos “¡Qué lastima! Ojalá que nunca llegue a estar en su lugar”. Se trata, ni más ni menos, que de ese juicio que todos realizamos aunque no nos guste admitirlo. A otros pasajeros, en cambio, esta desoladora cara de la realidad les perturbaba hasta el punto de preferir ignorarla y desviar la vista hacia otro lado.

Con sus bolsas de plástico y botellas de cristal en la mano, el señor se apeó del tranvía poco antes de llegar al barrio gay de la ciudad. Desde la parte anterior del vehículo, se escuchó entonces una voz apesadumbrada:

“Es John Bergman. Solía tener una casa en esta zona. La perdió durante la crisis económica. Era un buen tipo”.

Bergman es uno de los millones de rostros anónimos que ha dejado la devastadora crisis económica de 2008: sin hogar, sin empleo y al borde de la jubilación, pocas esperanzas existen de que logre revertir su situación. En California, las casas embargadas se cuentan por doquier. Según datos de noviembre del año pasado, una de cada 211 viviendas fue embargada. En total, la cascada asciende a 63,689.

La situación laboral es, también, desalentadora. A pesar de que San Francisco es una de las ciudades con menor número de parados de California, la tasa de desempleo para el mes de noviembre de 2011 rozaba el 8 por ciento. Las estadísticas son mucho peores a nivel estatal. Un 11.3% de la población activa carece de trabajo. Después de Nevada, el estado dorado tiene el segundo índice más elevado de desempleo en todo el país.

Las calles de San Francisco están repletas de historias como la de Mr. Bergman. La ciudad se está transformando. Una urbe que durante décadas ha sido símbolo mundial del activismo liberal y epicentro de movimientos contra la guerra, el orgullo gay, el feminismo y el ateismo, ahora refleja la decadencia del imperio estadounidense.


La comunidad homosexual pasea en paños menores por las calles de San Francisco, exponiendo los últimos vestigios del llamado ‘liberalismo’ que caracteriza a esta ciudad californiana. Foto: Francisco Vargas

En Castro – el distrito que en los años 70 vio cómo se consolidaba el movimiento a favor de los derechos de los homosexuales – se ven grupos de gays en pleno mes de diciembre paseando en paños menores por las calles y dejando al descubierto los últimos vestigios del llamado ‘liberalismo’ de San Francisco. Adornan su desnudez con un gorro rojo y blanco de Santa Claus: Es la máxima expresión del liberalismo de los 70 reducida al individualismo del siglo XXI.

Los pilares del liberalismo se han derrumbado en todo el país. Y San Francisco y otras ciudades con fuertes raíces y tradiciones liberales como Los Ángeles no están exentas de este fenómeno. Estas metrópolis son sólo la punta del iceberg. De una costa a la otra, se observan las secuelas de la devastadora crisis económica de 2008 y la muerte – paralela y progresiva – de la clase liberal.

Y las pruebas de esta muerte están a la vista de todos. La clase trabajadora pierde sus empleos y casas en masa, mientras el presidente Barack Obama utiliza las deficitarias arcas públicas para rescatar a las entidades bancarias – a los principales artífices de esta barbarie financiera y humana; Los políticos venden su alma al diablo con tal de llevarse un pellizco de la riqueza que sustraen de la clase trabajadora; Los periodistas temen denunciar las deficiencias del sistema y animan a la población a depositar los ahorros de toda una vida en las manos de especuladores financieros; Los líderes sindicales protegen los intereses egoístas del capitalismo empresarial y a cambio reciben salarios desorbitados; Los artistas e intelectuales pseudoliberales viven alejados de la perturbadora realidad que afecta al ciudadano medio resguardándose en lujosas mansiones en las colinas de Hollywood. Unos y otros son juez y parte de un sistema corrupto donde las únicas monedas de cambio son la avaricia y la codicia desmedida – ninguna de éstas virtudes que puedan dotar la existencia de nadie con un propósito honorable y noble.

Quizá el ejemplo más evidente de la muerte de los valores liberales es la respuesta de Barack Obama cuando el pueblo estadounidense – desesperado y desamparado – se encomienda a su presidente para que le rescate del tsunami financiero. Es entonces cuando la abrumadora reacción del mandatario confirma la hipocresía de la que se retroalimenta el sistema: Impotente y doblegado por la presión de los “lobbistas”, Obama cede ante el poder, el abuso y la manipulación de las grandes corporaciones y le da la espalda a quienes le auparon al poder.

En los últimos años, el pueblo ha sido testigo del imparable ascenso corporativo. Las empresas y bancos han ido escalando en la pirámide de poder hasta situarse en la cima – desbancando incluso a las mismas autoridades. En su día George W. Bush – y luego Barack Obama – privatizaron las funciones gubernamentales, corrompiendo así las instituciones y arrasando los pilares de la democracia. Nos encontramos ante la tiranía de las grandes corporaciones – entidades que hacen y deshacen a su antojo sin ningún mecanismo de control, regulación y castigo por parte del gobierno – porque, no seamos ilusos, el mismo gobierno protege y a la vez promueve esta cultura de descarados abusos.

Para aquellos que confiaban en que Obama o algún ‘iluminado’ dentro del partido demócrata revertiera la tiranía corporativa y reavivara el mermado sentimiento liberal, el tiempo ha servido para confirmar más bien lo contrario. Los valores liberales han quedado relegados a meros ideales románticos: son una utopía. Se piensa, se sueña y se critica con resignación, pero no se actúa. El pensamiento liberal ya no incita a la acción, sino al conformismo más absoluto. La era de la tiranía corporativa ha apagado la llama de los valores liberales dando paso al conformismo liberal. Y con dicho ‘apagón liberal’ se ha perdido también la capacidad del pueblo para reaccionar. Se ha generado un estado de parálisis colectiva en el que el pueblo acepta y tolera el estatus quo. Y las voces de académicos liberales como Noam Chomsky, que llevan años denunciando la cadena de abusos, son silenciadas y marginadas por la clase política y los medios de comunicación. Mientras tanto, el gobierno calla y otorga a los omnipotentes bancos y a los gigantes corporativos.

Los crímenes económicos cometidos contra la humanidad por los tiranos corporativos – los arquitectos intelectuales y materiales de esta devastadora crisis – han demostrado ser el más efectivo de los crímenes, porque la mano ejecutora goza de impunidad absoluta; Los crímenes, sencillamente, están protegidos por las autoridades y el sistema judicial.

Pero la muerte de la clase liberal y la erosión de los valores democráticos también se han reflejado a través del apoyo demócrata a las invasiones de Irak y Afganistán. Los escasos pensadores liberales que aún quedan en las filas de este partido han permitido la privatización del conflicto bélico a manos de los monstruos corporativos. Además han rebautizado la ‘acción militar’ como ‘acción humanitaria.’ No hay, sin embargo, propósito moral alguno que valga para justificar un acto de brutalidad bélica. Quitarle el burka a las afganas, liberar a la población irakí de un despiadado dictador, instaurar una democracia, frenar la amenaza nuclear, o dotar de virtud a un pueblo, jamás se logrará con ocupaciones.

En tiempos de guerra, republicanos y demócratas se transforman en maestros en el arte de la palabrería. Invocan ideales y conceptos cuyo significado desconocen y desvirtúan. Equiparan la guerra con la heroicidad, el honor y el patriotismo. Pero, en el campo de batalla, no hay héroes, ni honor, ni gloria. Hay cuerpos mutilados y almas corrompidas.


Aitana Vargas en Manhattan Beach

La gran patología que sufre Occidente es que intenta arreglar los problemas de los demás mientras insiste en negar su propia realidad: que es una sociedad enferma, que padece delirio moral y cuyo cinismo le impide autocriticarse y cambiarse a sí misma. No se puede hablar de las violaciones de derechos humanos que otros cometen cuando uno es incapaz de reconocer las propias. La sociedad occidental no sólo permanece muda e inalterable ante los abusos que se cometen en su pueblo, sino que además, permite y fomenta el abuso en sociedades ajenas.

Tal vez, el único consuelo que nos quede a quienes somos testigos conscientes de esta decadencia es el buscar inspiración en individuos que han superado grandes tragedias desarrollando una mayor conciencia de sí mismos – individuos como el psiquiatra austríaco Viktor E. Frankl, quien desde un campo de concentración nazi, un día escribió “cuando no podemos cambiar la situación a la que nos enfrentamos, el reto es cambiarse a sí mismo”.