Loa a un tenista

Víctor Machado: una estrella en el firmamento

Por Aitana Vargas

17 de octubre de 2014

Mi querido Víctor:

No creo que esta sea la despedida que te merezcas, tampoco aquélla con la que hubieras soñado. Pero es la única que quizá sé darte. Con mis parcas palabras, aún en el desconcierto de mi espíritu, te dedico estos pensamientos motivados por una marcha que aún no logro entender. 

Han pasado casi quince años desde que nuestros caminos se cruzaron en una pista de tenis en Estados Unidos. No acostumbro a rescatar ese episodio de mi pasado con frecuencia. De hecho, suelo rehuirlo. El tenis es mi secreto acorazado. Es una puerta a un reino emocional que a pocos dejo cruzar, mucho menos explorar. Es la esencia de mi fortaleza y de mi vulnerabilidad: dos caras de la misma moneda que procuro eclipsar al extraño, al que aún no me conoce, al que quiere saber y pregunta con interés, a aquél en quien no confío. Y no porque no aprecie aquella etapa de raquetas y pistas bicolores, sino porque los recuerdos que me evoca son de tal intensidad, de tal belleza, que la nostalgia me agasaja cuando la dejo cobrar vida. Prefiero así mantenerla bajo candado y rescatarla en momentos únicos, esos momentos tan esporádicos que logran trasladarme a un pasado que añoro ––incluso hoy en día–– con locura.  

Tu partida, inesperada, para la que no estaba preparada ––porque seamos sinceros, nunca nadie lo está–– me conmueve, me traslada a unos años a los que ansío retornar. Querría estar allí, sobre una pista de tenis, golpeando pelotas amarillas bajo las sombras que dibujan las ramas de los árboles que crecen en el sur estadounidense. Aquel lugar donde forjamos sueños, donde sellamos amistades, donde también muchas promesas se deshicieron. Aquel lugar donde nuestra pasión por el tenis trascendía nacionalidades, acentos y diferencias. Aquel lugar donde nos desnudamos deportivamente unos ante otros. Conociste mis momentos de flaqueza. Y yo los tuyos. Eso jamás lo olvidaré. Jamás lo contaré.

Son tantos los recuerdos que me abordan, que adquieren voz en mi conciencia al pensar en ti, en esas tierras húmedas del sur donde un día tus ojos negros me dijeron “yo soy venesolano”.

Como una cascada regresan a mi presente, tan nítidamente como hace más de una década, los momentos que compartimos entrenando y viajando a los torneos. Recuerdo cuando desde las gradas me gritabas “nice!” cuando ganaba un punto, o cómo castellanizabas tu español venezolano y me decías “¡vamos tronquita!” para animarme cuando las cosas y el partido no pintaban bien. Yo siempre te miraba y sonreía, aunque supiera que “tronquita” no lo estaba haciendo nada bien. 

“Me he tomado dos latas de coca-cola para arrancar el partido…ya sé que me dijiste que no lo hiciera”, me explicabas mientras yo contemplaba atónita cómo trasladaban tu cuerpo en una ambulancia. Tus calambres dichosos, Víctor, y esas coca-colas que bebías nunca fueron tu secreto mejor custodiado. Pero día tras días, torneo tras torneo, calambre tras calambre, ahí estaba yo para recordarte que ese refresco no era tu mejor amigo. Quizá me odiaras por ello, por ser la voz de tu conciencia, pero siempre encontrábamos un punto de encuentro entre las diferencias aparentes. Siempre había lugar para un abrazo, para una palabra de ánimo, para un gesto de cariño y admiración mutua.

Incluso ahora, mientras escribo estas palabras, mis pensamientos y recuerdos me traicionan…me niego a pensar que ya no estás aquí, que aquellos momentos que compartimos se han evaporado ante nosotros.

No sé qué me llevo al mañana…quizá las sonrisas que día tras día me dedicaste, esas bromas que gastabas, esas derrotas molestas, incómodas e inexplicables a las que tú siempre sabías sacarle un lado esperanzador. Yo siempre sabía cómo arruinarlas.

Víctor…el día que colgué las raquetas…fueron tus palabras las que me dijeron “no lo hagas”. Eso lo llevo tatuado en el pecho. Saliste a rescatarme y yo desaparecí.

Y ahora me toca a mí ser testigo de lo que no deseo ser…echar la vista al frente y ver tu silueta alejarse, disolverse sobre el fondo cósmico, desvanecerse en el mar estelar. Me duele saber que nuestros destinos vuelven a separarse una vez más – y que esta vez lo hacen para siempre.

 Tu amiga y compañera,

 Aitana

En tributo a Víctor Machado, fallecido el 4 de marzo de 2014.