Esclavas de género en el s. XXI

Por Aitana Vargas

28 de abril de 2013 

(Madrid, España).  Cuando las ruedas del avión tocaron finalmente tierra catarí, en el rostro de Eleni se esbozó una sonrisa. A los 30 años había logrado escapar de un pasado tormentoso, sepultando en el olvido a un padrastro que abusaba sexualmente de ella y que amenazaba de muerte tanto a la joven como a su madre. La palabra ‘libertad’, por primera vez desde que había nacido, resonaba con fuerza en su cabeza. Pero no lo haría por mucho tiempo.

Han pasado cinco años desde aquel esperanzador aterrizaje en Doha y, con un rostro desbordado por lágrimas inconsolables, esta etíope relata el horror al que fue sometida por un grupo de despiadados traficantes de mujeres de origen árabe, y que se prolongó desde su llegada a Catar a finales de 2008 hasta la primavera de 2010 en Madrid.

Eleni nació en el Cuerno de África, en una ciudad situada al sur de Etiopía, a finales de la década de los 70.  “Mi padre murió cuando yo tenía 3 años”, murmura entre sollozos mientras se esfuerza por recordar esa figura paterna cuyas únicas referencias fiables proceden de su madre. Desde el fallecimiento de su progenitor biológico por una afección pulmonar hace más de tres décadas, la vida de Eleni ha sido un auténtico calvario.

En una tarde lluviosa, sentada en una cafetería en el corazón de Madrid, los ojos color café de esta joven africana se empañan de lágrimas al rememorar la trágica travesía que le ha tocado vivir: una vida a merced de mercenarios de mujeres de la que ahora, a los 35 años de edad y a miles de kilómetros de distancia de su hogar natal, parece retomar poco a poco el timón.

La historia de Eleni es de esas que desgarran y consumen el espíritu humano, porque retratan el infierno vivido por mujeres que, por su condición de féminas, carecen de cualquier derecho, voz y privilegio en sociedades dominadas por la figura masculina. Son historias que se forjan a golpe de machismo, a golpe de virilidad extrema. Son historias de esclavitud de género en pleno siglo XXI. Son, sencillamente, dictaduras de género.

“Nada más llegar a Catar me quitaron mis documentos”, comenta la joven. La presunta agencia de trabajo con oficinas en Catar y Etiopía que había gestionado la contratación de Eleni era en realidad una red de traficantes humanos. Ella jamás sospechó nada. Con falsas promesas de un trabajo y un salario dignos, la agencia convenció a la joven para que dejara atrás su país y emprendiera una vida que le permitiera ayudar a su madre, siempre de ciudad en ciudad, tratando de huir de su perverso exmarido. Pero nada más poner los pies en suelo árabe, a Eleni la despojaron de su pasaporte, de su identidad y de su dignidad humana. La muchacha fue trasladada del aeropuerto de Doha a la casa donde permaneció sin salir durante un año. No tuvo tiempo de reaccionar. Tampoco de hacer preguntas. Sus dueños, los traficantes, ya habían decidido su destino por ella.

“Me levantaba a las 5 de la mañana y trabajaba hasta las 12 de la noche”. “No había días libres. Nada de nada” y además “me trataban muy mal”.

Eleni no tenía permitido establecer comunicación alguna con su madre y amigos. Tampoco tenía derecho a conocer su paradero. Sin hablar ni entender una palabra de árabe, la joven vivía aprisionada en una casa de varias plantas donde residían tres familias numerosas para las que cocinaba, limpiaba y planchaba. Relata esta mujer de rostro amable que en la época del Ramadán (cuando los musulmanes practican el ayuno diario desde el desayuno hasta que se pone el sol), tenía prohibido entrar en la cocina, siendo su obligación prioritaria durante ese mes mantener la residencia impoluta.

“Todo el tiempo me obligaban a llevar el burka de la cabeza hasta los pies”, cuenta compungida mientras aclara que ella creció en el seno de una familia con fuertes valores cristianos y que no se identificaba con la cultura y tradición musulmanas.

Si ya de por sí era una incomodidad y una humillación trabajar con un uniforme que escondía al completo su cada vez más desvalido cuerpo, la situación se volvía insostenible cuando la obligaban a cuidar animales bajo el asfixiante calor del desierto. Ocasionalmente, cuenta Eleni, era trasladada a más de una hora de trayecto en coche hasta las afueras de la ciudad, a un lugar que nunca logró identificar, para hacerse cargo de los animales. Allí la dejaban hasta que caía la noche y era entonces trasladada de nuevo a la casa principal.

Por ser una esclava doméstica, Eleni no recibía compensación económica alguna. La agencia que la contrató le había prometido condiciones de trabajo dignas y un salario que le sería enviado a su madre, que se encontraba escondida en alguna ciudad de Etiopía. Pero la africana asegura que eso no fue lo que ocurrió. “Me engañaron”, sentencia categóricamente.

Hambrienta y desesperada, a los tres meses de este infierno, pidió un cambio de empleo a la agencia que la había contratado. Sin embargo, la voluntad y la voz de Eleni fueron silenciadas a golpe de amenazas. Cuando no acataba las normas establecidas u osaba desafiar el régimen abusivo impuesto por las familias, era intimidada verbalmente, le clavaban un cuchillo y la castigaban con una lluvia de golpes.

La tortura catarí se prolongó durante un año hasta que un día, otro traficante de mujeres que se había dejado ver un par de veces por la casa, apareció con el pasaporte renovado de la joven y, sin darle mayores explicaciones, la puso en un vuelo rumbo al aeropuerto internacional de Barajas, en la capital española.

“Cuando estábamos recogiendo las maletas en la cinta, el hombre desapareció y en su lugar vino otro que me llevó a una casa”, relata Eleni.

La etíope vivió encerrada en un piso situado en la sexta planta de un edificio de viviendas en Madrid sin poder salir durante tres meses. Otra vez aislada, contemplaba a través de la ventana del apartamento cómo la nieve iba cubriendo con un manto blanco las calles de la capital española.

Las condiciones de trabajo eran, una vez más, una violación frontal a sus derechos como persona. La joven siguió aislada del mundo exterior. Sin hablar español o árabe, reclamar sus derechos se convirtió en una tarea inviable. A pesar del hambre desgarrador que sentía, no abría la boca ni para pedir más alimento. Y eso que para el desayuno y la cena “me daban solo pan y un vaso de té”.

Un gélido día de invierno, la sacaron del apartamento sin previo aviso y la llevaron a Barajas. “Te vas a tu casa”, le dijo el dueño árabe de este tortuoso templo de esclavas. Sola con su miseria y su dolor, Eleni se echó a llorar en el aeropuerto madrileño. Se habían deshecho de ella sin escrúpulos ni arrepentimiento, como si fuera un bulto innecesario que estorba y del cual se puede prescindir en cualquier momento.

Eleni nunca se subió al avión que supuestamente la llevaría de vuelta a su país. Su llanto desconsolado atrajo la atención de la policía española, que se hizo cargo de ella, le proporcionó un abrigo y le tomó declaración para tratar de localizar a los traficantes que la habían vejado. No se logró, sin embargo, dar con ellos.

Durante varios meses, la joven vivió en un albergue de Cruz Roja en Madrid, a la espera de que la administración española resolviera su petición de asilo. Pero ésta le fue denegada. Eleni perdió entonces el permiso de trabajo que le había sido otorgado temporalmente y con ello, su trabajo en KFC. Fue entonces cuando su caso llegó a manos de la abogada Chon Vargas, que trabaja como voluntaria en la asesoría legal de Karibu, una asociación no gubernamental que ayuda a los inmigrantes indocumentados procedentes en su mayoría de países africanos, y que está encabezada por el Padre Antonio Díaz de Freijo.

“Chon está haciendo lo que mi otra abogada no quiso hacer”, comenta Eleni con un gesto de agradecimiento mientras se seca las lágrimas saladas que expulsa con cada latido de su corazón.

El mayor obstáculo al que ahora se enfrenta esta inmigrante africana es el haber iniciado los trámites de asilo en España, un país donde, según cuenta la abogada Chon Vargas, este tipo de solicitudes suelen caer en saco roto. El país ibérico es uno de los que menos peticiones resuelve favorablemente en toda la Unión Europea. Pero en las oficinas de Karibu situadas en la calle Santa Engracia, en pleno centro de Madrid, hay focos prendidos de esperanza de que la administración española le conceda a esta etíope la residencia que tanto anhela y necesita.

Y mientras la espera se hace eterna para Eleni y para aquéllos que se han solidarizado con su causa, las lágrimas de desconsuelo no cesan de deslizarse por su apesadumbrado rostro — unas lágrimas que representan el dolor más profundo de una mujer que ha sido vejada y humillada como persona y como inmigrante. Una joven que jamás, hasta que llegó a Madrid y fue rescatada por la policía española, supo lo que es disfrutar de sus derechos como mujer y ser humano porque, durante varios años, le fueron negados sistemáticamente. Los traficantes humanos devoraron su dignidad humana, succionaron sus emociones, y calcinaron toda esperanza de que pudiera escapar con vida de la tortura a la que fue obligada a vivir: un lamentable destino que comparten las aproximadamente 2.5 millones de personas en todo el mundo que son víctimas de la trata de personas cada año.

Eleni ha pasado parte de su vida viviendo en ignorancia porque sus captores y dueños así lo eligieron. Pero cuando ella tuvo la oportunidad de elegir, aprendió español e inglés y realizó cursos de auxiliar de enfermería y de cocina. “Me gustaría ser enfermera”, comenta con una gran sonrisa en la boca.

En Madrid, sin embargo, no vive tranquila. Aún le persigue el fantasma de su perverso padrastro y lidia a diario con el angustioso temor de que reaparezcan para reclamar de nuevo su destino los traficantes humanos que un día la despojaron de su identidad femenina.  Pero, entre sollozo y sollozo, se le escapa alguna sonrisa de esperanza, como el verde que, junto al rojo y amarillo, luce en la bandera etíope y que le anima a esta joven a dirigir sus pasos hacia ese futuro más prometedor que se vislumbra en el horizonte — un futuro que todos en Karibu esperan que se materialice pronto. Y mientras va construyendo ese camino hacia la felicidad, no hay día que Eleni no imagine ese momento en que por fin logre enfundarse un traje de enfermera y dar a los demás un poco de esa ayuda que ella tanto agradece haber recibido.

Pero nada, ni el sueño de convertirse en enfermera, ni la tranquilidad de recibir una tarjeta de residencia, logrará sanar las desgarradoras secuelas emocionales y psicológicas que esta atroz experiencia le han tatuado con profundas punzadas en su alma africana.

** El nombre de la protagonista ha sido modificado para evitar revelar detalles sobre su identidad que puedan poner en riesgo su vida.