Secuelas imborrables


Aitana Vargas

Por Aitana Vargas

21 de noviembre de 2010

Wendy Barranco era apenas una adolescente cuando en abril de 2003 decidió alistarse en el ejército estadounidense en calidad de asistente médico. Ese mismo año recibió su primera asignación internacional. El lugar de destino: Irak.

La guerra había comenzado meses atrás y, como muchos otros jóvenes soldados, Wendy también creía que la presencia militar estadounidense tenía como finalidad el derrocar a un dictador llamado Saddam Hussein e instaurar la democracia en un país del que, por aquel entonces, apenas había oído hablar.

No pasó demasiado tiempo antes de que Wendy cobrara conciencia de la realidad a la que le expondría la guerra. Ocurrió un día en la sala de urgencias mientras aún se encontraba en fase de entrenamiento. Allí, sobre la mesa de operaciones, vio a un soldado desangrase hasta la muerte mientras los equipos médicos hacían lo imposible por evitar el fatal desenlace.

“Sólo era un niño, como yo,” se lamenta Wendy. “Mientras le miraba no dejaba de pensar en si tendría familia, hermanos, padres, y cómo se sentirían al enterarse de su muerte.”

Dicen que hay experiencias que nunca acaban de superarse. Y ésta tal vez sea una de ellas para esta joven de descendencia mexicana. El relato de Wendy no es, sin embargo, una excepción. Como ella, hay miles de soldados y millones de civiles que también deberán aprender a convivir con las secuelas que deja una guerra envuelta en polémica, y que se libró para defender los intereses de ciertos grupos y élites de poder.

No existía la menor intención de reconstruir un país hoy día sumido en caos y reventado por la división étnica y religiosa. La resaca post-guerra en Irak no la curará el tiempo. La invasión de fuerzas internacionales se acaba, pero el legado que hemos dejado está a la vista de todos –– a excepción de los que se niegan a verlo. Las heridas, aunque acaben cerrándose, perdurarán en la memoria histórica de este pueblo porque hay tragedias que ni el tiempo hace olvidar.

Tampoco podrán olvidar las generaciones de niños que han vivido el combate en primera persona y que han asistido a la destrucción de su cultura, sociedad y núcleo familiar. Dudo que estos jóvenes puedan llegar a ‘perdonar’ a occidente por las barbaridades y atrocidades que han presenciado desde que Estados Unidos emprendió en 2003 su segunda guerra en esta región de Medio Oriente. ¿Cuál ha sido el resultado de años de lucha?

No sólo hemos exacerbado los ya de por sí graves problemas existentes en Irak, sino que además hemos aumentado la desgracia ajena y contribuido a crear las condiciones idóneas para alimentar una nueva generación de extremistas dipuestos a sembrar el terror por el mundo. Ahora más que nunca, les hemos armado con los argumentos y justificaciones para continuar su lucha contra la democracia occidental –– un modelo político que para los irakíes es sinónimo de imperialismo, dominio y muerte. Hemos creado un infierno y un monstruo para ellos y para nosotros mismos: miles de jóvenes radicales dispuestos a inmolarse, a atarse cinturones de explosivos al cuerpo y a llevar a cabo misiones suicidas que provoquen la muerte indiscriminada de civiles en cualquier parte del mundo. Lo vimos en Nueva York, en Madrid y en Londres. Y desde que occidente se embarcó en las guerras de Afganistán e Irak, la llamada amenaza terrorista no sólo persiste sino que se ha recrudecido.

Gracias a Wikileaks el público ha podido conocer el costo humano de la invasión y ocupación de Irak. La guerra se ha cobrado al menos 109,000 vidas –– una cifra superior a la facilitada por el gobierno estadounidense en el pasado y que demuestra que la de Irak es una realidad muy distinta a la que los políticos se han empeñado en hacernos ver. Además, la que ha sido calificada como la filtración de documentos secretos más importante en la historia de Estados Unidos (más de 390.000), también ha servido para detallar casos de tortura y abusos por parte de las fuerzas aliadas e iraquíes.

La historia de la humanidad está plagada de ejemplos en los que distintas civilaciones, imperios y pueblos han ejercido dominio y control sobre otras sociedades. Es una característica y una constante en el ser humano. Tal vez el filósofo inglés Thomas Hobbes íba bien encaminado cuando afirmaba que “el hombre es un lobo para el hombre.” La primera amenaza del ser humano empieza con él mismo, con lo que parece ser una innata capacidad para auto-destruirse. Y por ese sendero vamos.

Sin duda alguna, el legado de las guerras de Irak y Afganistán es desolador. Hemos fabricado un infierno en casa, en Estados Unidos, y en el extranjero. La amenaza terrorista persiste. No acabará. Es más, se ha agudizado. Y quizá lo más terrible es que mientras los responsables de esta tragedia salen impunes, los civiles son los que, como siempre, sufren las consecuencias.

La nueva retórica del presidente Obama –– una que teóricamente invita al diálogo y pretende extender puentes de entendimiento entre occidente y el mundo musulmán y árabe –– está lejos de perfilarse como una eficiente solución para dar marcha atrás y restaurar el grave daño ya provocado.

Cada uno, en su foro interno, que saque sus propias conclusiones. Para Wendy Baranco, la lección aprendida en Irak es que “no se puede confiar en un gobierno que usa a la clase baja para lograr sus intereses.”