¿Islamofobia o amenaza terrorista?


Aitana Vargas

Por Aitana Vargas

9 de marzo de 2011

Algunos no han dudado dos veces antes de calificarlo como El McCarthy de este siglo. Se trata de Peter King, el congresista estadounidense por Nueva York cuya retórica inflamatoria ha desatado la ira de la comunidad musulmana en Estados Unidos. Y no es para menos porque, este señor de mirada desafiante, está sometiendo a debate a los musulmanes del país con argumentos cargados de hostilidad, prejuicios e intolerancia.

King afirma que la red terrorista Al-Qaeda está fomentando la radicalización de musulmanes en Estados Unidos como parte de su estrategia para continuar la Yihad contra el gigante norteamericano. Acusa a Osama Bin Laden de reclutar terroristas en tierras anglosajonas para atacar blancos dentro del país – argumentos que, a priori, podrían parecer coherentes si no fuera por la serie de acusaciones que le siguieron. En una audiencia la semana pasada, King afirmó que los líderes de organizaciones musulmanas no están cooperando con las agencias de inteligencia y la policía para investigar posibles ataques y amenazas terroristas en Estados Unidos. En otras palabras, según King, los enemigos musulmanes no sólo están infiltrados entre la población estadounidense listos para cometer atentados, sino que además están protegidos por los líderes musulmanes.

El de King es un enfoque descontextualizado, una visión endemoniada del Islam, que no parte del conocimiento sino de una profunda ignorancia sobre el origen y la evolución de los valores de esta religión. La comunidad entera de musulmanes no está reducida a las acciones de un puñado de personas que utilizan la religión como herramienta para obtener un fin político. Ser musulmán no implica tener una visión radical del mundo o un concepto suicida de la vida.

Pero sí es acertado afirmar que el enemigo de Estados Unidos está dentro del país. Y sí, se llama extremismo. Pero no extremismo islamista, sino el que fomenta y alimenta el ala republicana con comentarios incendiarios y medidas anti-inmigrantes que atentan contra la dignidad y los derechos más fundamentales de cualquier persona. Estados Unidos se está radicalizando desde dentro, y dicha radicalización está comandada por esos mismos legisladores y gobernadores republicanos que están detrás de la actual ola anti-inmigrante que azota el país de costa a costa.

La islamofobia se podría incluso interpretar como una manifestación de un problema subyacente: el creciente sentimiento anti-inmigrante que también afecta a otras comunidades – como la latina – y que se ha traducido en la creación de medidas persecutorias a familias enteras de inmigrantes. La ley SB 1070 de Arizona ha sentado un peligroso precedente en el país y está sirviendo de ejemplo para que otra veintena de estados impulsen medidas similares. La ola de redadas y arrestos encabezada por el Sheriff Joe Arpaio ha separado a familias de humildes trabajadores que llegan a Estados Unidos para forjarse un mejor porvenir y que contribuyen con su esfuerzo a la economía estadounidense.

Si algo demuestra el agresivo discurso republicano es que están comprometidos a acabar con la comunidad inmigrante y la diversidad cultural, ya se trate de musulmanes, latinos o de cualquier otro grupo religioso o étnico. Pero lo que resulta aún más preocupante es el conformismo y la pasividad demócrata, ya que, ante la caza de inmigrantes, Obama y sus seguidores se están quedando de brazos cruzados. Estamos asistiendo a la deshumanización de la clase política estadounidense. La ola anti-inmigrante que se extiende por el país como una plaga está corrompiendo los valores de los que los norteamericanos tanto se enorgullecen. No hay un sentimiento sincero de fomentar la diversidad o la tolerancia. Pero a ninguno de los líderes políticos parece importarles demasiado.

Y a pesar de que la Casa Blanca se ha apresurado a enviar un mensaje prudente tras los comentarios anti-musulmanes de King, hay situaciones en las que un gobierno debe actuar y defender su postura con firmeza. Cada día es más evidente que al presidente afroamericano le tiembla el pulso en los momentos claves y que, para evitar la polémica con la oposición, está incluso dispuesto a sacrificar los derechos y la dignidad de millones de musulmanes o inmigrantes. Obama no quiere plantarle cara a los republicanos. Pero ¿a qué le teme el Presidente?

Obama podía haber aprovechado este mandato para sentar un precedente y defender con orgullo la diversidad de la que tantó alardó en su campaña presidencial. Que use esa misma retórica – ahora que puede – para defender con uñas y dientes a los millones de inmigrantes que acuden a sus trabajos con el temor de caer arrestados por agentes de inmigración, a los miles de musulmanes que temen dar a conocer su orientación religiosa por miedo a ser considerados terroristas. Que comience por respetar a los inmigrantes, a otros pueblos y a otras religiones y que entonces, después de haber logrado estos objetivos y haber adquirido cierto grado de serenidad mental, que afronte la gran deuda que tiene con el pueblo estadounidense desde los atroces atentados del 11-S: Que lleve ante la justicia a los culpables de haber planeado y ejecutado el peor ataque terrorista en la historia de Estados Unidos.

¿Hasta cuando se van a evadir las responsabilidades? Si existiera un compromiso firme y sincero por desarticular el terrorismo islamista, los políticos estadounidenses esclarecerían qué ocurrió aquel día. Que dejen emerger esa verdad que pide a gritos ser contada. Y ya de paso, que dejen de calificar como blandas las sentencias de la justicia española a los terroristas del 11-M porque, esas personas que tanto alzan la voz para criticar la justicia de otras naciones, deberían saber que España sentó en el banquillo a los acusados. A Estados Unidos, todavía le falta hacer eso.

Y si los líderes estadounidenses no quieren destapar esa verdad oculta, al menos que se atrevan a entonar el mea culpa y que acepten que, algunas de las atrocidades que se cometen contra este país, están incitadas por su política exterior, por las nuevas leyes migratorias y por el lenguaje agresivo y ofensivo que utilizan sus líderes.